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Utopías, imaginación, juventud y una mirada política del mundo, los tópicos de Álvaro García, el nuevo libretista de Cayó la Cabra

Escribirá la despedida junto a Martín Mazella, al tiempo que Andrés Reyes será otro de los autores del repertorio. El artista es uno de los funcionarios claves de la administración del presidente Vázquez. Dirigió la negociación con UPM por la instalación de la nueva planta de celulosa y el pasado sábado anunció a La Diaria que preparaba su regreso al carnaval.

Por Guzmán Ramos y Fabián Cardozo
Foto: Pablo Vignali / La Diaria

El actual director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y exministro de Economía y Finanzas, Álvaro García, volverá a escribir en la categoría de murgas junto a Cayó la Cabra, confirmaron a Calle Febrero fuentes en conocimiento de ello.
Álvaro comenzó su trayectoria en Carnaval en Contrafarsa, murga con la que ganó cuatro primeros premios: 1991, 1998, 2000 y 2002.
En 1991 integró su coro, al igual que en los dos años siguentes.
También obtuvo en primer premio de la categoría en 1996 como letrista de La Gran Muñeca, componiendo el repertorio que finalizó con la recordada despedida “Al camión”.
Del 2009 al 20012 fue uno de los letristas de La Cofradía
La poesía de Álvaro transitó varias etapas: recogió postales urbanas, de la vida cotidiana y del barrio, conjugando en ellas su toque imaginativo y fantasioso, como del realismo mágico.
De la primera etapa destacan los cuples “La Garra Celeste” y “El Murguista del Futuro” y la despedida a los “Rincones de Montevideo” (1991).
Al año siguiente, sus libretos representaron el semblante juvenil, crítico y más politizado de Contrafarsa, con una despedida que trazó una mirada del mundo, aguda y descarnada, tras la Guerra del Golfo.
La nostalgia, combinada con una mirada esperanzadora, fueron los tópicos del espectáculo de 1993, denominado “El Vendedor de Países”, donde pisó definitivamente el mundo de la fantasía, con una despedida dedidaca al país del futuro, narrada a través de las vivencias de un cuadro de fútbol soñando arriba del tablado
La despedida “Al Camión” de La Gran Muñeca (1996), en tanto, transitó el viaje imaginario de una murga sobre un arco iris, que culminó con el grupo trepando a la cantera, donde los esperaba el camión.
Al año siguiente regresó como letrista de Contrafarsa componiendo despedidas como “El loco de la estación” (2000), “De Mudanzas” (2001) una dedidaca al Uruguay del futuro (2003), en medio de la arrasadora crisis, en la que también compuso un homenaje a Schubert Giossa, platillero del grupo fallecido el año anterior
Además, según recordó el director de Contrafarsa, Gabriel Melgarejo, su visión fue determinante en la elaboración de los espectáculos de esos años, a partir de su visión política del mundo.
En el ámbito político, Álvaro pertenece al Partido Socialista, del que es afiliado desde su juventud.
En setiembre del 2008 fue llamado por el presidente Tabaré Vázquez para reemplazar a Danilo Astori al frente del Ministerio de Economía y Finanzas.
Hasta ese momento ocupaba la presidencia de la Coorporación Nacional para el Desarrollo, un organismo clave en la institucionalidad económica del Uruguay, que el gobienro de izquierda decidió relanzar al comenzar su gestión.
En el ámbito político se lo considera una figura de recambio de los líderes históricos del Frente Amplio y su nombre supo integrar una reducida nómina de posibles candidatos presidenciales.

LA UTOPÍA DE LA MURGA HUMANISTA
“EL PAÍS IMPOSIBLE Y LA DESPEDIDA DE CONTRAFARSA 1993”, ESCRITOS POR ÁLVARO GARCÍA
ANALISIS DEL TEXTO, POR GUZMÁN RAMOS Y ALEJANDRO SCHERZER

El espectáculo de Contrafarsa de 1993 funcionó como la síntesis de todos los discursos anteriores mencionados con relación al humanismo. Además, propuso una producción desafiante en varias aristas, especialmente aquellas que tenían que ver con el planteo musical (a cargo de Mariana Ingold, Osvaldo Fattoruso y Lombardo) y con la forma en que la murga se presentaba ante los espectadores. En este trabajo, libretado por Álvaro García, apareció claramente expresada la utopía humanística en una versión amplia y completa (cuplé «El país imposible»), al tiempo que el relato final propuso un viaje hacia ese país narrando la historia de un grupo de niños y su cuadro de fútbol. Contrafarsa irrumpió vestida como ese cuadro de futbol que llegaba al tablado a jugar su «final del mundo». Lo hacían con camisetas y shorts comunes y corrientes (no eran disfraces), puesto que decían y porfiaban al presentador (Fattoruso) ser un equipo deportivo, no un grupo de Carnaval.

Murga —Este equipo hoy sale a ganar / y es el sueño mas loco y profundo. / Ya falta poco, / quedan segundos. / Hoy Contrafarsa juega la final del mundo. Soñamos con un gol, / hacerle un gol al sol.

El fútbol, recurso reiterado para hablar de las distintas etapas del Uruguay de décadas pasadas, esta vez se significaba como el depositario de la fe, la ilusión, las esperanzas del presente. Este grupo en particular había armado un equipo para la ocasión. Es decir, una construcción colectiva eficiente en torno a un objetivo común: jugar la final del mundo y mantener viva la ilusión hasta el final, soñando todos juntos. Sin embargo, ese sueño colectivo se vería truncado cuando el presentador del tablado intentara demostrar que se trataba de una confusión, un malentendido, y que el supuesto equipo de fútbol estaba haciendo un papelón encima del tablado.

Disculpen, por favor, / yo soy el presentador; / debe haber algún error. Ay, qué equivocación, esta noche en el tablado hay una confusión.

Tras un intercambio de opiniones acerca de si eran un cuadro o no, diálogo que dio vida a la presentación, llegó finalmente el momento en que el equipo tomó conciencia de que se trataba de una fantasía, por lo que la ilusión del grupo de jóvenes se desvaneció de un plumazo. Con esta metáfora, Contrafarsa situó al espectador dentro del argumento, dando cuenta de la implicación de los jóvenes en aquel tiempo: a ellos les correspondía un estado de ánimo alicaído, triste, parecían no tener más remedio que resignarse a convivir con sus frustraciones.

Nos han roto otra ilusión, / y esto así ya no se aguanta, / porque de ilusiones rotas la juventud tiene tantas. Esta murga o este equipo / tiene ganas de llorar, / esto ya no da pa más. Que nos disculpe la gente, / nos vamos a retirar.

Vencidos, desolados, los murguistas/jugadores amenazaron con retirarse del tablado, ya que si no había ilusión ni proyecto común el grupo perdía sentido.

Nuestro equipo ya no es nada, / ya no existe la ilusión, / la utopía está encerrada, / y esta murga resignada con un beso dice adiós.

Producto del amague, ingresó al relato la tercera figura de la noche, «El vendedor de países», personaje cuyo nombre bautizó al repertorio de la murga. Interpretado por Alejandro Balbis, el visitante llegó para mediar y recomponer el ánimo, proponiendo transportarlos por varios países imaginarios, representativos de la historia, la identidad y la mentalidad uruguaya de otrora, para de esa manera evitar la desilusión y disolución previstas. El vendedor, entonces, se presentó como el gran héroe de la noche, aunque tal condición se fue apagando a medida que la murga descartaba sistemáticamente todas sus propuestas por considerarlas incompatibles con sus necesidades y urgencias.
Se ofrecieron «El país de las vacas gordas», «El país de las flores» (Flower power), «El país de los directores técnicos», «El país tecnológico», «El país de la apariencia», cuplés que en un principio parecieron ir seduciendo a la murga, aunque en cada remate fue quedando claro que ni el mito de Uruguay dorado, ni la cultura del confort, del consumo o el snobismo tienen que ver con la realización del ser humano en estas latitudes. Ante el hartazgo por la falta de respuestas, la murga decidió construir su propio mito, para mantener encendida la ilusión colectiva, con la esperanza de que en ese lugar ideal y placentero volviera a cobrar vida su equipo deportivo en el futuro. Además de constituirse en el relato que daba respuestas inmediatas a la murga para evadirse del presente que la atormentaba, consideraremos el pasaje como la explicitación de la utopía por la cual el ser humano busca su realización ontológica, la de sus pares, la de la sociedad y la de su planeta.
«El país imposible», la utopía
El cuplé se inició tras el fin de la amistad entre la murga y el personaje compuesto por Balbis, quien enojado por la intransigencia del grupo, los acusó de (ser) soñadores. La murga reivindicó la necesidad de soñar un mundo invertido, aunque este, por tratarse de una utopía, fuese inalcanzable.

No importa que nos llamen soñadores, / qué sería de la vida sin soñar. / Perseguimos un espacio de colores, / aunque sea imposible de alcanzar.

Si bien la historia pertenece al espacio y al tiempo de Carnaval, el grupo ansió transgredir esas unidades apuntando a que ese «país imposible» se asemejase al Uruguay del futuro, aunque ese mañana estuviera muy lejano.

Hay una murga que sube al tablado / siempre buscando, sin encontrar ese país. / Tal vez se llame el dorado, tal vez se llame el plateado / o el Uruguay del tres mil. / Un país imposible de ser imposible, otro igual y como es imposible, aquí está en Carnaval.

Como mencionamos, la ecología y el planeta ocuparán un lugar central en ese nuevo esquema. De hecho, si entendemos que el orden con el que Contrafarsa presentó las cuartetas se corresponde con su escala de valores, concluiremos que la salvaguarda del medio ambiente será la acción más importante a realizar por el ser humano.

La tierra siempre allí es respetada, / el aire es fresco y el agua clara.

Acto seguido, la canción daba cuenta de otros valores con los que se erigiría ese país, al tiempo que proponía una serie conductas necesarias para poder pertenecer a él. Como consecuencia, la realización del individuo dependerá de un mundo pacífico y libre.

No hay falsos, no hay traición, solo paciencia. / No hay jaulas ni prisión. y no hay violencia.

Con la cooperación como sustento esencial de las relaciones interpersonales, la diversidad de roles para ayudarse a uno mismo y para curar al prójimo. Los individuos se reconocerán unos a otros en una relación de igualdad.

Todos saben curar, cualquier herida, / es un don natural como la vida. / Todos trabajan en lo que les gusta / y la vejez a ninguno le asusta. / No hay nadie que sea más importante, / todos tirando siempre pa delante.

Sin discriminaciones de razas ni género, con una comunidad científica al servicio de la sociedad, de los seres humanos, de la vida en general y no del mercado.

Se desconoce lo que es el racismo, / todos iguales no existe el machismo, / nadie proclama todo lo que sabe, / sino que enseña a descubrir la clave. / El sexo no precisa ser comprado, / y los artistas no son inventados.

Con una economía que no devore a hombres y mujeres en su búsqueda por acumular beneficios y ganancias, con la alegría permanente de una fiesta que se extienda todo el año.

No existen culpas, no hay ningún prejuicio. / Nadie precisa esconder ningún vicio. / No se divide, todo se reparte. / Nadie se mide, todo se comparte. / No hay competencias por ganar dinero / y el Carnaval no solo es en febrero.

A partir de las relaciones de igualdad se abrirán las puertas, las verdaderas posibilidades para crecer y mejorar en la vida.

La vida no depende de la suerte. / No hay débil, nadie quiere ser más fuerte. / Todo es de todos, nadie quiere irse. / Y todos dejan las puertas a abrirse. / Y la confianza es lo más venerado, / y en la igualdad está todo basado.

Con el afecto y la familia como pilares del desarrollo, una persona que crecerá en un mundo sin exclusiones.

Y el niño de ese país es fruto de un gran amor, / crecerá siendo feliz, / padre y madre alrededor. / Y nunca conocerá el miedo a no tener paz, y nunca él sentirá que en el mundo está de más. Y allí no hay buenos ni malos, todos son seres humanos.
La fortaleza del grupo para alcanzar las utopías

Una vez planteada la utopía, Contrafarsa dejó en su despedida un relato imaginario y fantasioso en el que un grupo de niños se transportará a ese lugar ideal, con la murga como vehículo. A partir de ese relato, analizaremos otra característica de las murgas a predominancia humanística, en las que las construcciones colectivas reemplazan a las individuales. Como al inicio del repertorio la ilusión de este grupo se había desmoronado, la posibilidad de viajar a ese mundo de felicidad ahora le corresponderá a un grupo de niños cualesquiera, en el entendido de que un nuevo fracaso sería catastrófico para los jóvenes murguistas. Ante la eventualidad de cargar con una nueva derrota, los protagonistas de este cuento serán otros. La murga se implicó con ese sueño, contextualizando el cuento con la realidad uruguaya. Como ese sueño era propio de nuestra sociedad, si se llegara a concretar (como pasará) los abarcará a ellos también.

En algún rincón de este planeta / había un país que se llamaba el Uruguay. / Y un baldío abierto en cada esquina, / mil chiquilines desbordando aquel lugar…

Para acercarse a esa utopía habrá una única premisa: «los botijas» deberían romper definitivamente los vínculos con el pasado mal entendido, para de esta forma poder enfocar la mirada solamente hacia el futuro.

Los botijas se volvían celestes / y se colgaban del alambre a cada gol. / Toque y toque la pelota vuela, / y en cada pase transpiraba una ilusión. / Soñaban con que el Uruguay / dejara de mirar atrás, / querían su propio Maracaná. Pero hoy / no se querían conformar / con otro tiempo, otro lugar, / querían que la vida fuera acá, en Uruguay.

No será un viaje en solitario, sino que, por el contrario, el acceso a ese espacio y tiempo dependerá de la existencia de un colectivo humano: el de la escuela, el de los niños que se juntan a jugar en el baldío del barrio, o el de cualquier murga uruguaya.

Recitado: Y ese cuadrito lo formaban todos los niños y niñas del Uruguay que sabían que existía aquel país imposible en algún sitio, algún lugar, en las escuelas, los baldíos, en una murga en Carnaval, buscando todos los niños que ese país fuera alguna vez, este país, nuestro país, el Uruguay.

Alcanzar esa utopía no será tarea fácil, ni bastará con soñarla lúdicamente. Por tratarse de un anhelo perteneciente a un país chico, con pocas posibilidades, donde todo cuesta doble esfuerzo, habrá que dejar la vida y trabajar duro. La historia bien entendida de nuestro país, la que habla de una sociedad con altos valores, educada, democrática y culta (valores instalados en el imaginario colectivo), pareciera merecer ese futuro.

Era el cuadrito de la ilusión / poniéndose los disfraces / y dibujando con su canción / una esperanza en el aire. / Vamos con todo, vamo a meter / con fuerza para alcanzar el sol, / dejando el alma vamo a poder, / porque la historia pide otro gol.

Como el cuento era producto de una fantasía, la murga no dio demasiadas pautas de cómo se concretó ese sueño: simplemente lo anunció. De cualquier forma, la receta para cumplir los anhelos pareciera ser «desafiar lo imposible», animarse a cambiar.

Y esa ilusión imposible / que a todos hace soñar, / a los botijas del cuento / se les hizo realidad / desafiando lo imposible. / De madrugada es la voz, / se escuchan los chiquilines / buscando aquella canción…

Como ese sueño se concretó en la piel de aquellos niños y su grupo, la murga/cuadro de fútbol desilusionada intentará imitar la historia para poder así revertir su estado de ánimo. Para emularlos, los murguistas realizan una regresión a su infancia para transformarse imaginariamente en niños. Allí se encuentran con su historia, tiempo en que los aguarda la propia Contrafarsa, la murga de ellos, la que ha estado toda la vida a su lado, la que ha formado parte de su proceso de crecimiento como hemos visto cuando nos referimos al espectáculo de 1991. Ella será el grupo que los ayudará a vencer la frustración, la falta de apoyo y la tristeza enloquecedora.
De este modo, con su grupo, iniciarán el mismo viaje que al grupo de niños de este cuento les arrojó un final feliz. Despojados definitivamente de su condición de cuadro de fútbol (ahora son una murga vestida como murga, con brillo, lentejuelas y colorido), dio comienzo la travesía al mundo imaginado.

Murga que me ayudaste a crecer, / murga que supiste engrandecer / durante noches y días, mil melodías, / inventando aquellos carnavales / que supieron perdurar / a pesar de todo y a pesar / de tantos cambios de climas, / todo te arrima a que entres en la eternidad.

El viaje hacia su utopía lo realizan, metafóricamente, al son de la batería de la murga.

Un platillo volador / te lleva a un mundo mejor / con un bombo tan genial. / Lo fantástico es real, / y ese redoblante toca que es un disparate. / Estos tipos están locos, locos de remate.

De esta forma, la enorme potencia de la murga como grupo, y el grupo como tal, curan las heridas, el dolor, la angustia.

Murga que perdiste la razón, murga que me diste una razón / para ser siempre uruguayo, siempre uruguayo, / enamorándome de este lugar que igual que a vos me provocó / hasta convertirme en un Pierrot / sanándose las heridas de largas vidas / que supieron del dolor.

Por tener tales propiedades y por llevarlos a ese lugar abstracto, pleno de felicidad, los murguistas sienten la necesidad de aferrarse a su grupo para siempre.

Murga, nunca, no te apartes nunca, nunca de mi lado. / Murga, no te bajes nunca, nunca del tablado. / Murga, no te apartes nunca, nunca de la gente. / Murga, que el pasado no te aleje del presente.

Dentro del grupo, la individualidad pierde importancia, porque justamente lo potente y capaz de transgredir es la suma de las singularidades expresadas a través de los objetivos comunes. Por eso, el murguista pareciera no querer o no saber reconocer su ser; por lo que decide realizar una ofrenda al grupo: elige darle todo, su voz y su razón de existencia.

Contrafarsa, yo ya no sé / quién soy, yo soy la murga o qué, / solo existo por lo que sos. / Solo tuya será mi voz, / Murga musa de inspiración, / siempre hurtando mi corazón. / Viento en contra de la maldad, / Contrafarsa te encontrará, / boca abierta de la ilusión. / Esperanza marcha camión, / porque mi alma murgueando está, / tuya es toda mi claridad.