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Adelanto del nuevo libro de Guzmán Ramos y Fabián Cardozo: La lágrima del Loco Iván, el protagonismo de Chiquito Roselló y las baterías que marcaron una época, vistas por Ronald Arismendi

En los próximos meses Ediciones B editará el trabajo “Cien Veces Murga” de los periodistas de Calle Febrero, Guzmán Ramos y Fabián Cardozo, con la producción de Gonzalo Botta y la realización audiovisual de Po Colectiivo Productor. En él, repasan cien historias y relatoss de la principal categoría del carnaval uruguayo, en base a decenas de entrevistas históricas y actuales, acompañadas por un gran trabajo de archivo.
Este será uno de los cien relatos, a cargo de Ronald Arismendi, redoblante de Curtidores de Diablos, Nos Obligan a Salir, Falta y Resto, La Milonga Nacional, A Contramano, Asalnates con Patente y Don Timoteo.


El “Loco Iván Bentancour (*) fue uno de los platilleros más grandes.
Tuve la oportunidad de tocar junto a él en el espectáculo “Murga Madre”, de Edú “Pitufo” Lombardo y Pablo “Pinocho” Routin, en el año 2007.
En esa época Iván ya estaba muy enfermo, en la etapa final de su vida: apenas hablaba y su mirada quedaba perdida en la nada.
Sin embargo, nos esperaba puntualmente en su habitación del (Hospital Geriátrico) Piñeyro del Campo, vestido de traje, adonde íbamos a buscarlo para los ensayos.
Estaba ausente en las conversaciones.
Sin embargo, volvía a la vida cada vez que agarraba “los bronces”, que era como él llamaba a los platillos.
Allí vibraba, bailaba y su cara se llenaba de felicidad.
Una noche, de regreso al hospital, paramos en la esquina de 8 de Octubre y Luis Alberto de Herrera, donde antes funcionaba el tablado Jardín de la Mutual.
Iván reconoció aquel lugar y dejó caer una lágrima.
“Pensar que acá la rompiste, viejo”, le dije, interrumpiendo su momento íntimo.
“Lindos y antiguos recuerdos”, apenas respondió él.
Cuando cambió la luz del semáforo y arrancamos, Iván otra vez volvió a su silencio, con la mirada en el vacío.

***

Debuté tocando el bombo, en el carnaval 1975, con la murga Curtidores de Diablos, junto a Orestes “Chiquito” Roselló (*), que estaba el redoblante.
Él era una gran figura, a la que le gustaba hacer un solo de batería una vez que la murga bajaba del tablado, bailando adelante, con sus dos compañeros detrás.
Todos esperaban su momento.
Una vez, en el tablado de Rentistas, le pedí que no hiciéramos ese solo, porque estaba por perder una bota, pero él dijo que de ninguna manera; su protagonismo era innegociable.
La noche anterior al Teatro de Verano, Roselló se agarró a las piñas y yo tomé el redoblante.
Tenía 16 años, en una murga cuyos integrantes tenían de 45 para arriba.
“Toco el redoblante, pero solo si me dejan hacerlo a mi manera”, les dije.
En aquella época, de murguistas con otro códigos, donde se hablaba poco y nos tratábamos de usted, esa frase era toda una falta de respeto.
Sin embargo, me dijeron que sí y desde ese momento casi no me separé más del redoblante.

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El carnaval está muy globalizado y el toque de batería no es ajeno a ello: hoy, todas se parecen entre sí, a diferencia de antes, cuando reconocíamos los sonidos a los diez segudos.
Eran épocas donde los veteranos nos enseñaban a armar y desarmar el redoblante, a armar los palos y a tantear para saber si el instrumento estaba afinado.
Las influencias de la música de los años ochenta marcaron el toque de las baterías: las de de la Unión tenían más vértigo y usaban más toques de cumbia, con un estilo bien candombeado y tropical, mientras que las de La Teja apuntaban a un ritmo popular latinoamericano, de protesta y reclamo, con un golpe más punzante, que iba de la mano con nuestros espectáculos.
En Falta y Resto o La Reina de la Teja (ambas de la corriente de La Teja) apuntábamos a la marcha camión; jamás ibamos a entrar en el estilo tropical, ni en presentaciones ni en despedidas.
Y si en algún momento las baterías de La Teja jugaban con un toque más cumbiero, salsero o de rock and roll, era solo por un momento -dos o tres compases- para luego volver a nuestro ritmo, porque el cometido era ejecutar músicas de los artistas más comprometidos políticamente.
Siempre sentí que la música de la batería no puede ir separada del mensaje.
Decir que la batería acompaña es una falta de respeto.
Por eso es fundamental que el tocador estudie la letra y tenga claro que con su golpe está diciendo, del mismo modo que otros lo hacen con su voz.
Pero más allá de los estilos y modos de tocar, la clave está en la intuición.
Aprendí de los viejos murguistas que no se debe copiar a otro y que es importante dejar tu firma en el instrumento.
“Marciano” (Ruben Laner) me marcó desde muy joven.
Decía que me prestaba el redoblante porque yo lo hacía a mi manera, dejando una huella digital.
También aprendí que la libertad y el sentimiento son fundamentales.
Si uno ejecuta como siente, es imposible que el toque salga mal…

(*) Iván “El Loco” Bentancour fue uno de los platilleros más reconocidos de la historia del género, famoso por su baile y su grito.
Participó en Saltimbanquis aunque sus mayores presencias fueron junto a Tito Pastrana, en La Nueva Milonga.


(**) Orestes “Chiquito” Roselló fue fun famoso tocador de redoblante, que fue ícono de Curtidores de Hongos, aunque pasó por varias murgas como Asaltantes con Patente, Curtidores de Diablos, Clásicos Asaltantes y La Milonga Nacional, en la que debutó en el año 1947, con la participación, entre otros, de Carlos Soto y el Coro de la Aduana.
La memoria oral le atribuye la modernización de la ejecución del instrumento en la categoría, inspirado en dos grandes antecesores: “Negro Peloche” y “Negro Mario”, referentes de la época de oro de Asaltantes con Patente, en esa misma década.
Sus principales características eran la extravagancia de su baile -tirando el cuerpo hacia atrás y sacando la lengua- sus saltos con el redoblante y sus peinados.
Fue boxeador profesional, obteniendo premios nacionales y participaciones en torneos continentales.